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Paradoja tautológica

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Un parque en septiembre, Un reloj sin ritmo, un surco seco al sol, un bigote huérfano, un tampón menopáusico, un mar deshidratado, un desierto licuado: paradoja tautológica. Una incierta amiga, un placer doliente, un caramelo agrio de sal, una roca volátil, un ratón anodonto, una mente demente, yo sin circunstancias, avatares sin sujeto.

CARPACHO DE RÍO

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  Cuando desperté de mi mal viaje, el cabracho todavía estaba allí, conmigo _como dijo Monterroso. Y berreé que me quería, sin saberlo, en jaculatoria, cual revelación triposa. Luego, más tarde, me hablaría el pez de roca de su trinidad íntima,  de sus yos utilitarios: del punky desgarbado que no se cree romántico; del hijo de madre  que resulta polluelo respondón; del hombre que suena a vino  y sabe mejor que él; y acabaríamos jugando entre las flores blancas de Samos. Mil veces quise  desgajarlo de mi piel. Aún lo hago. Para que baile  entre las cuerdas afinadas  de sus guitarras, para que entone en alto sus canciones solitarias, para que pueble  de clones sus estancias desoladas; para que sea feliz dentro o fuera de mí. Pero no puedo o no quiero. Pero no puede o no quiere. Invadió mi vida y mi lavadora, hizo de mis bragas su bandera, clavó una pica en mi esperanza y ahí sigue, todavía. Quiero su lengua y la mía estofadas ebulliendo en el infini...

CARTÍLAGOS DE SAVIA

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  Ollas teflonadas me cocinan a fuego fatuo y tan lento, que no siento dolor, solo certeza. Urgencias programadas sin prisas, sin sirenas de alarmas afiladas: está ya todo dicho. Podría recitar mi futuro al acecho sin temor a errar ni un verso. Las vidas son los ríos... Oigo cómo se desliza la arena, grano a grano, por mis tripas asustadas y siento la artrosis de las ramas, hoja a hoja, como cartílagos de savia. Conozco senda y desafío, qué remedio que aceptarlos y mojarme en la inercia seca que cruje como paja en mis oídos. Mas sigo sin asumir el destino; me revuelvo en llamas sin voluntas y quiero ser alud de mi mañana escribiendo en pijama mi epitafio.

SIN AZOGUE

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  Esperando a que apaguen la luz, ataraxia sin remedio y con el fusil cargado. No hubo obra que encarnaras ni página que preñaras, ni vaina que te envolviera verde. Y en tu escenario, los fuegos de artificio explotan sin aviso y sin más colores que el chispazo negro que se queda desprendido, flotante. Nuevos vasos desbordan por salir, por respirar tu aire y fluyen fluidos de tóxicos flecos. Ellos sí luchan... Espectáculo del fin, sin más: manos cortadas de aplausos,  pies tajados de quietudes, ojos grises de sal.. El humo invade la sala, la pantalla, la retina,  y hasta el terciopelo rojo de butanas y de venas. Tú solo aspiras y exhalas, apagas y enciendes, apagas y enciendes, apagas y enciendes.